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Algunos discursos han pasado a la historia, no tanto por quién los ha dado –que también- sino por la historia que han contado.

Un buen discurso evita los power points, los agradecimientos y las largas explicaciones. Lo que realmente importa es empatizar con el público y explicar alguna experiencia personal para ilustrar lo que queremos decir. El tiempo de atención de la audiencia es muy limitado y la concentración muy volátil, así que tenemos que crear un vínculo con aquellos que nos escuchan para mantenerlos expectantes.

Si segmentásemos e intentáramos objetivar las características de un gran discurso -siempre hay un componente un tanto mágico que le da el toque especial, y eso no se puede catalogar- pero si pudiéramos, éstas serían las recomendaciones más útiles:

Piensa para qué ha venido tu público y contesta a sus preguntas mediante tu experiencia. En definitiva, sé relevante. La atención se pierde desde el momento en que el asistente se plantea qué está haciendo exactamente sentado en una silla esperando 45 minutos a que un desconocido termine de hablar sobre algo que no le interesa. Tienes que pensar: ¿qué quieren qué les solucione? ¿Sobre qué quieren que les aconseje?

Entra directamente con una historia. Eso no significa que tengas que copiar el célebre discurso de Steve Jobs en 2005 en el que decía ‘Voy a contarles tres historias’. Simplemente con tu experiencia construye un relato único y particular, y ve directo a eso. Si tienes que dar un discurso sobre algo significa que tienes conocimiento que aportar: pues ve directo a ésa experiencia y déjate de rodeos. Los agradecimientos sólo sirven para distraer, las personas a las que estés agradecido o ya lo sabrán o ya tendrás la oportunidad de decírselo.

O te emocionas o aprendes a fingir la emoción como para ganar un Óscar. La gran clave es sentir lo que estás diciendo. Una de las emociones que más se contagian es el entusiasmo, y es lo que tú tienes que desprender. Precisamente la capacidad de transmitir la pasión por tu profesión es lo que va a hacer que todo el mundo desee que sigas hablando.

Vo-ca-li-za. Está muy bien que tu eslogan personal sea ‘soy como soy’ pero cuando llega el momento de dirigirse al público, podrías intentar mejorar algunas cosas que ayudaran a perfeccionar tu charla. Uno de los graves problemas de personas con un buen discurso en la manga es, sencillamente, que no se les entiende nada. Cálmate y habla despacio, puedes practicar con un bolígrafo en la boca y un poco de paciencia. Te ayudará.

Lenguaje corporal. Es importante no sólo lo que hablas sino lo que dices con tu cuerpo. Hay que estar confiado y seguro de ti mismo, el entusiasmo también se transmite con los gestos y movimientos.

Practica! Por mucho que el discurso deba parecer –y en cierto modo ser- espontáneo, tienes que practicar. Un buen discurso no sale de la manga ni al mismísimo Nelson Mandela, todo es fruto de una buena idea, un buen esquema mental y una mejor preparación. No dejes al azar el destino de tu discurso y juega bien tus cartas, saldrás ganando.

Estos tips no son una regla de oro para dar un discurso de diez, pero son consejos indispensables a parte de la creatividad y las ganas que tú le pongas.

Un buen discurso es esencial para ser jefe de proyectos, motivar a los compañeros y en definitiva, tener la habilidad comunicativa para hablar en público y no morir en el intento.

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